COMIENZO EN PAZ

A pesar de que el PP ha hecho todo lo posible para que el inicio de las fiestas de San Sebastián se viese, una vez más, marcado por la polémica y aderezado por la violencia, ha imperado el sentido común y la Semana Grande donostiarra ha dado comienzo bajo parámetros de alegría, diversión, paz y tranquilidad, que, en definitiva, es como deben empezar y terminar las fiestas. Sus intentos porque se prohibiese la manifestación convocada por la izquierda abertzale, buscando, como siempre, el enfrentamiento entre ciudadanos, la confrontación y la bronca que les iba a proporcionar ganancia de pescadores a río revuelto, ha fracasado una vez más gracias a la inteligente decisión de un juez, Garzón, que ha vuelto a darles una nueva bofetada, un Fiscal General del Estado, Conde Pumpido, que ha obrado en consecuencia con el cargo que ocupa en una democracía, y un gobierno estatal y otro autonómico que han sabido estar en su lugar, que no era otro que el esperar a que se pronunciase la justicia y respetar su decisión.

A nadie beneficiaba la prohibición porque, de una forma o de otra, se daba por sentado que la manifestación se iba a llevar a cabo, e independientemente de que se esté o no de acuerdo políticamente con la misma, es preferible que todo transcurra por la vía pacífica. Ahora, una vez que todo ha finalizado en calma y sin incidentes, el PP vuelve a la carga e insta, nuevamente, a la Fiscalía General para que vuelva a actuar. Está claro que el partido de la oposición no debe llevarse muy bien con esta institución, ya que no hace más que cargarle con trabajo inútil, a sabiendas que sus esfuerzos no tienen la más mínima posibilidad de llegar a prosperar. Un fracaso más de un partido que no escarmienta con lo ocurrido en Catalunya y que ahora va a centrar sus afanes en torpdear, más si cabe, el proceso de paz por el que apostamos la mayoría de ciudadanos normales de este país. No da más de sí y empieza a oler a futura, pero pronta, descomposición interna; porque no se puede estar regido por la marioneta de un cadáver político, que colocó en su momento para vigilarle a sus perros guardianes, a modo de comisarios incompententes e incapaces de cambiar un discurso que no es oposición, sino la negativa sistemática a toda iniciativa que no sea la suya, en una actitud más propia de un inmovilismo dictatorial no muy lejano en el que, seguramente, se sentían como pez en el agua. Con su pan se lo coman.

