YIYO

Hay que ver como pasa el tiempo. Parece que fue ayer y han transcurrido veintiún años. Era la noche de un día que había sido calurosísimo en Madrid. Apenas había podido comer, un gazpacho fresquito por aquello de no quedarme in albis, y me disponía a cener algo más consistente viendo el telediario de la noche. Tras la sintonía, una circunspecta Rosa María Mateo abría el informtivo diciendo: "El diestro madrileño José Cubero "Yiyo" ha fallecido en la plaza de toros de Colmenar Viejo como consecuencia de la cornada recibida en el sexto de la tarde, un toro de Marcos Núñez...". El impacto fue tremendo, no creo que pueda describirse con palabras, sólo sé que a medida que iba asimilando la noticia, el hecho, con el run run de fondo del sonido del televisor que seguía dando información de lo sucedido, se me saltaron las lágrimas y, por supuesto, no probé bocado.
Nacido en Burdeos el año 1964, hijo de la inmigración, no le fue fácil a Yiyo llegar al lugar que ocupaba aquel fatídico 30 de agosto de 1985. Alumno de la primera promoción de la Escuela Taurina de Madrid, ya dejó desde sus primeras actuaciones en público patente una clase y unos conceptos del toreo que lo hacían distinto a sus demás compañeros. Tras una carrera brillante como novillero, en la que a pesar de todo tuvo que ganarse día a día los contratos, se proclamó vencedor del certamen Zapato de Oro de Arnedo en 1980. El año siguiente Ángel Teruel le da la alternativa en la Feria de Burgos y vuelta a demostrar gracias a su buen hacer y a su paciencia y la de su apoderado de toda la vida, un honrado taurino llamado Tomás Redondo, que podía ser alguien en la fiesta. Comenzaron a llegar los triunfos que poco a poco hicieron que fuese subiendo en el escalafón y en la consideración del aficionado, que vio en José un torero diferente a los que estaba acostumbrado. Clasicismo, verdad, además de una elegancia innata no exenta de cierto pellizco, eran algunas de las virtudes que atesoraba aquel chaval de Canillejas.
Confirma en San Isidro del 82 sin excesiva suerte y se da la circunstancia que en la feria de Madrid del año siguiente se ve fuera de los carteles de su plaza. Se conoce que el intercambio de cromos ya era un juego habitual hace más de cuatro lustros. La fortuna, que suele ser caprichosa, se inclina sin embargo a su favor y el 2 de junio vuelve a Las Ventas para sustituir a Roberto Domínguez, que acababa de sufrir un accidente de moto. Se lidiban toros de Alonso Moreno y completaban el cartel su padrino, Ángel Teruel, y el mexicano Armillita. Una oreja en el tercero, y otra en el sexto, sobrero de Bernardino González, hicieron que José Cubero abriese la Puerta Grande y fuese procalamado triunfador de la feria de San Isidro de 1983. A partir de ahí, y pese a que sólo cuenta con 19 años, nadie osa en no considerarlo como algo más que una promesa y empiezan a verlo como la figura en ciernes que va a estar llamada a mandar en la fiesta durante los años venideros. Y empiezan a exigirle y él a responder con un toreo cada vez más puro, y dando la cara allí donde lo llaman completando unas excelentes temporadas ese año y el año siguiente.
En 1985 entra tres tardes en un ciclo isidril en el que, salvo alguna tarde en la que Ortega Cano elevó el listón, no estaba sucediendo nada especial, hasta que llegó Yiyo, y el día que estrenó el terno burdeos y azabache, que luego le serviría de mortaja, volvíó a dar una lección de torería que le perfilaba junto al cartagenero como triunfador de ese año. Después, en la última corrida del serial, apareció Chenel con la escoba de barrer, y con su gloriosa faena a Cantinero hizo que no hubiese dudas al respecto. Sin embargo, el reconocimiento de los aficionados venteños era ya unánime y se había ganado por derecho propio que se le considerase como el nuevo torero de Madrid.

Luego, ya se sabe, la suerte que esta vez se volvió esquiva e hizo que Curro Romero no pudiese actuar en Colmenar y José fuese llamado para sustituirle. Un faenón, una gran estocada y Burlero que herido de muerte acierta a partirle el corazón. ¿Dónde hubiese llegado Yiyo si la tragedia no se cruza en su camino?. Nunca se sabe, pero vista la mediocridad que ha imperado en la fiesta a lo largo de estos últimos años quizá no sea muy difícil imaginarlo. Hoy, la plaza de Las Ventas lo recuerda junto a sus puertas con un monumento que, aunque de dudoso gusto, sirve para mantener viva la memoria del torero. Cerca de él, Flemming y Antonio Bienvenida, que, curiosamente, tampoco vieron la luz en España. Pero así es mi Madrid, y cuando alguien le da algo no entiende de fronteras y sabe corresponder entregándose con el alma.
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Las fotografías, salvo la del monumento de Las Ventas, pertenecen al libro "Adiós, principe, adiós" escrito por Antonio D. Olano, excelente periodista e íntimo amigo de José Cubero "Yiyo"



Rosa J.C. dijo
Una suerte tener el libro. Gracias por tu relato.
¿Sabes algo? Al día siguiente, algunos toreros no quisieron torear por duelo o similar. Antoñete, que estaba en el cartel, dijo que p'alante, que esto es cosa de tíos y que si al día siguiente no se hacía el paseíllo la fiesta perdía su razón de ser. Lo digo de memoria y me puedo confundir, pero al día siguiente un toro le abría la barriga.
31 Agosto 2006 | 01:35 AM