CARTA ABIERTA A ÁLVARO MUNERA "EL PILARICO"
Algo me habían dicho, Álvaro, de que en tu Colombia, en Medellín, te estabas dedicando a la política y que te habías convertido en un firme activista antitaurino. No le di demasiada importancia, comprendiendo, en cierta forma, tus motivos, y de lo que sí me alegré es que, después de tu espantosa cogida en Munera (Albacete) hubieras podido rehacer tu vida, aún con las limitaciones propias de alguien que pudo perderla y a quien le quedaron unas secuelas desgraciadamente irreversibles y una incapacitación física para el resto de sus días. Creo recordar que este mes de septiembre se cumplirán veintidós años del percance y que muchos de los primeros años desde entonces fueron tremendamente duros, marcados por una rehabilitación agotadora y la incertidumbre de si esos esfuerzos iban a dar el resultado que tú y todos los aficionados esperábamos.
Cada cual, Álvaro, supongo que no querrás que te llame Pilarico, es muy dueño de tener la ideas que quiera y crea convenientes, siempre y cuando las defienda desde el respeto a los demás que exige para uno mismo. Pero cuando se trasgreden ciertos límites nadie debe extrañarse que se le replique con dureza y debe estar preparado para escuchar o leer algunas cosa que, tal vez, no le entusiasmen demasiado. Y tú, Álvaro, con la entrada en mi post, que no era más que un recordatorio y un pequeño homenaje a quien fue tu amigo, en el aniversario de su muerte, creo que has transgredido con creces esos límites y le has faltado al respeto, lo mismo que a su familia que fue la tuya cuando cargado de ilusiones viniste de Colombia, y a sus amigos que por ser amigos suyos te abrieron sus brazos y te aceptaron entre ellos.
José Cubero “Yiyo”, además de un excelente torero, fue una magnífica persona y no dudó cuando te vio torear en tu país, y pensó que por tus condiciones podías tener un porvenir en el mundo del toro, en darte todo su apoyo, trayéndote a España y poniendo a tu disposición sus conocimientos, su infraestructura , su familia, sus amigos y, sobre todo, su gran corazón; ese corazón que partió en dos Burlero la tarde del 31 de agosto de 1985 en Colmenar Viejo. Él y su entorno te dieron la oportunidad, que otros no tuvieron, de que pudieses crecer en una profesión que libremente habías elegido, y en ello estabas cuando la mala suerte fue a tu encuentro y truncó tus sueños en ese pueblo manchego que dió nombre a tu apellido. Después, en tu calvario del Centro de Parapléjicos de Toledo, estuvieron todos contigo y José, cada vez que podía, entre corrida y corrida, corría a tu lado porque sabía que, además de lo que pudiera hacer por tí la medicina lo que más podía ayudarte era el calor humano. Algo tuvo que ver, y corrígeme si me equivoco, la familia de Yiyo, y su apoderado Tomás Redondo, en tu posterior traslado a una clínica de Miami en la que se te abría una esperanza, porque, si tu recuperación era inviable, dado las graves lesiones que sufriste, al menos se podía intentar que en el futuro tuvieses una calidad de vida minímamente digna, algo que, por fortuna, creo que se ha cumplido.
Por eso, Álvaro, ahora soy yo el que me niego a llamarte Pilarico, no puedo comprender como has podido anteponer una militancia, por muy convencido que estés de ella, y utilizar para tus fines, el recuerdo de alguien que dio su vida por algo contra lo que tú ahora luchas. En Munera y en Colmenar no hubo milagros, hubo dos tragedias, una de ellas absolutamente irreparable, que sumieron en el dolor a mucha gente. A esa misma gente que tú, con tu patética soflama, has vuelto después de ventiún años a herir, dándoles una cornada moral en lo más profundo de su alma. Dios, si existe, no tiene nada que perdonar a José Cubero, si acaso te tendrá que perdonar a tí que, al autoproclamarte demagógicamente criminal y torturador también se lo llamas a él, ofendes su memoria y haces daño a unos seres humanos que te ofrecieron su protección y su cariño y que, en ningún caso, son para nada culpables del drama que te tocó vivir. Y es que si ese novillo no corta tu carrera, y ésta se hubiese vista refrendada por el éxito, ¿ahora estarías defendiendo esas posiciones, alineándote con los enemigos de la fiesta?. Piensa, Álvaro, en cómo se pueden sentir los padres de José, sus hermanos, Marta, Juan y Miguel, el hijo de Tomás Redondo, que destrozado por la pena y la desesperación no quiso seguir en este mundo y finalizó , así mismo, trágicamente sus días. Seres humanos, personas, no animales como los que tú dices defender, a los que si les ha llegado de alguna manera tu comentario, se les han tenido que revolver las entrañas y avivar un sufrimiento que, por muchos años que hayan pasado, siempre permanece dentro. Has intentado, en una fecha que sólo tenía un protagonista serlo tú también, bajo pretexto de unas ideas que dices defender, sin reparar en el daño que has podido ocasionar a unos hombres y a unas mujeres que sólo trataron de ayudarte. Éso es devolver mal por bien, y denota una total falta de ética, de moral y de humanidad y quien carece de estos tres principios fundamentales carece de credibilidad para convertirse en defensor de nada. Si ese Dios al que apelas esta por algún lado, que él te ampare, hermano, y te eche por donde no hagas daño, como nube de verano.
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Álvaro Munera "El Pilarico" fue un novillero colombiano que llegó a España de la mano de Yiyo al principio de los años 80.
La fotografía de la familia Cubero pertenece al libro de Antonio D. Olano, ya mencionado en el post dedicado hace dos días al diestro de Canillejas. En ella, en un detalle muy velazqueño, se ve reflejado al autor a través del espejo. Ya ves, maestro, en qué se ha convertido el brindis del novillo que, según él, parece que te debía "El Pilarico", y que nunca te hizo.

