Hace unos días, el 30 de agosto, fallecía el actor norteamericano Gleen Ford a los 90 años. La noticia en sí no tiene excesiva trasdencia, ley de vida. Lo que resulta curioso es que a este actor se le siga recordando principalmente por ser el protagonista de una película, Gilda, que parece ser fue una de las más taquilleras de la época y que hizo furor en la España de la postguerra, hasta el punto de que, prohibida en un principìo por las autoridades fascistas civiles que gobernaban en 1946, año del estreno, no tuvieron más remedio, finalmente, que autorizarla, con el consiguiente cabreo de las autoridades fascistas religiosas que anatemizaron a todos aquellos que osaron pisar las salas de cine donde se exhibía. Aparte de calificarla con un 4 (gravemente peligrosa) en la particular y paralela censura eclesiástica de aquellos años, se comenta que los gritos que salían de los confesonarios mientras estuvo en cartel, eran absolutamente espectaculares, sobre todo si quien iba a exculpar su espantoso pecado era una mujer.

Pero lo más chocante es que el film ha pasado a la historia no por su calidad como tal, sino por el bofetón que en una de las escenas le arrea Gleen Ford a Rita Hayworth, protagonista femenina, al parecer en un rapto de celos. Algo deleznable que se convierte en mito y que, quizá, explique algo tan inexplicable como la violencia de sexo que tienen que padecer las mujeres, una lacra de nuestra sociedad que, como todas las lacras, son fruto de lo que se ha sembrado. Evidentemente, no me vale con que nadie me diga que eran otros tiempos y que ahora una película de esas características sería politicamente incorrecta y fuertemente contestada. Otros tiempos, sí, pero ayer y hoy las víctimas siguen siendo las mismas. Por mucho que nos empeñemos hay cosas que no cambian.