PENA SIN GLORIA
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Va a ser el día 4, el próximo domingo, en la plaza de toros de Olivenza. Curiosamente, la reaparición se va a producir ante toros de Núñez del Cuvillo, la misma ganadería con la que regresará José Tomás en Barcelona. Una coincidencia, quizá la única, porque la vuelta a los toros de José Ortega Cano nada tiene que ver con la del torero de Galapagar. A éste, la afición le estaba esperando prácticamente desde que dijo adiós en Murcia en 1992, a Ortega no le esperaba nadie y, mucho me temo, al final de temporada pese a que haya hecho el paseillo en una veintena de plazas, lo más probable, es que en ninguna de ellas esté, ni se le espere.
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Y me duelo decirlo, porque Ortega Cano ha sido un torero y, además, un buen torero. No lo tuvo, ni mucho menos, fácil en sus primeros años y a base de tesón y de jugársela, de torear donde nadie quiso y lo que nadie quiso, supo ganarse el respeto de los profesionales y del aficionado. Ocho años tuvieron que pasar desde que tomara la alternativa en Zaragoza hasta romper en figura. Fue en junio de 1982, en la Corrida de la prensa, cuando indultó al Belador de Victorino y abrió la Puerta Grande de Las Ventas. Luego, el mérito fue suyo porque supo aprovechar aquella oportunidad y gracias a un toreo honrado, de pata p’alante, de pisar terrenos comprometidos sin tomarse ventajas que, además, no estaba exento de estética, mantuvo el favor de los buenos aficionados algo más de un lustro. La gravísima cornada de, precisamente, Zaragoza en 1988 quizá marcara un antes y un después en la carrera del cartagenero, del que se siguieron esperando detalles de buen hacer, aunque también le empezaron a sobrar poses y gestos que dieron pie a una leyenda sobre ciertas opciones personales.
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Después ya se sabe. Lejos quedaron aquellas tardes de Madrid, donde en 1986 volvió a salir a hombros días antes de protagonizar un memorable tercio de quites con el desaparecido Julio Robles ante toros de Joaquín Buendía, y comenzó una decadencia en los ruedos al mismo tiempo que ganaba enteros en las páginas de las revistas del colorín gracias a su boda con Rocío Jurado. Convertido en personaje mediático se mantuvo unos años más en los carteles y se fue de la fiesta con, todavía, una cierta dignidad. Volvió en 2001 para recorrer sin pena ni gloria, o mejor dicho sin ninguna gloria y con bastante pena, los ruedos de la geografía hispana. La última vez que pude verlo en directo fue en agosto de ese mismo año en la plaza de Illumbe y estuvo patético. Ahora, tras la muerte de Rocío, cuando había debutado con éxito como ganadero con sus, sobre todo, excelentes novilladas de Yerbabuena la pasada campaña, ha decidido volver a vestir el traje de luces. Un retorno, posiblemente, a ninguna parte y absolutamente injustificado en un hombre de 53 años que, esperemos, se salde con algunos abucheos como mal mayor. De momento, dentro de un par de días en Olivenza, en el ruedo estará la vieja figura, pero en los tendidos la gente seguro que estará más pendiente de hablar del regreso de Tomás que de lo que pueda suceder abajo, en su albero.




edt dijo
Ya veremos a ver que tal lo hace. saludos
2 Marzo 2007 | 09:35 PM