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Recuerdo que una de las primeras entrevistas que realicé en mi vida fue la que le hice a Joan Manuel Serrat, aunque desde entonces haya llovido bastante y en España sucedido bastantes cosas que en aquel momento, probablemente, ni intuíamos remotamente que iban a llegar a ocurrir. Sería a finales del 71 o a principios del 72, tiempos en que yo dirigía y presentaba en Radio San Sebastián (S.E.R.) un programa de poesía, Despierta el alma dormida, en el que compaginando poetas de antes y de siempre se trataba, además, de dar a conocer o sacar del ostracismo a otros que, por razones obvias dados los tiempos que corrían, eran silenciados, ignorados, cuando no absolutamente proscritos en los circuitos, digamos, oficiales. Venía Serrat a Donosita tras haber sacado su disco musicando a Antonio Machado y a punto de lanzar al mercado uno nuevo, con poemas de Miguel Hernández, por lo que la entrevista era poco menos que obligada.
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Y llegaba dos semanas después de que, el en su día colega y amigo, Quico Pí de la Serra en un concierto, también, en la capital guipuzcoana le hubiese dedicado un tema, Soc de la nova cançó, en el que criticaba abiertamente al de Poble Sec, a quien no habían perdonado lo que para algunos fue su traición de lesa catalanidad al haber optado por cantar en castellano, y, encima, al presentar la cançó se metía con el nuevo look y los pelos, a la sazón bastante largos, del autor de Mediterráneo. Al finalizar la entrevista y después de haber hablado de las cuestiones que importaban, relacionadas con la temática del programa, no pude evitar el caer en la tentación de pincharle un poco, por ver si entraba al trapo, y sacarle a colación el tema de Pí. Y vaya que si entró. Con esa sonrisa de medio lado, ente pilla y socarrona, en la que muchas veces dicen más sus ojos que sus palabras fue elocuente, incluso, en su respuesta: “Mira, los pelos más o menos largos, el ser alto o bajo, es algo aleatorio en las personas. Cuando hay alguien que para hablar bien o mal de otro se preocupa de esas cosas es que, como diría mi madre, tiene muy pocos culos que arañar.”
Todo ésto que os cuento viene un poco al hilo del post que publiqué ayer y de otro, que no puedo pasar por alto, publicado el lunes por Bastonito en Taurofilia y en el que, también, denuncia un artículo aparecido en México sobre José Tomás en el que se trata sobre su supuesta homosexualidad y sus creencias religiosas. La contestación de Martín no puede ser más contundente: “Por mí como si le gusta el surf, las judías con chorizo, o el bacalao al pil-pil. Me da igual si le va el rojo o el azul, y me importaría un bledo si fuese parricida. El caso es que atoree”. Y es que cada vez estoy más alucinado de pensar en qué mundo vivimos. Es terriblemente preocupante ver como esta sociedad se ocupa a estas alturas de las tendencias sexuales de un torero, o de una tonadillera, y que dé la más mínima importancia a las mismas, cuando lo que verdaderamente le tenía que importar es si el uno, en su vuelta, se pone delante del toro como solía hacerlo en su primera época, o si la otra continua con sus facultades intactas arriba del escenario, o al menos las suficientes como para no defraudar a un público que paga por verla.
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Algo que tiene, quizá, que ver con unos determinados medios de comunicación que cada vez bombardean más a sus asiduos con un sensacionalismo exacerbado, en el que se le da prioridad al morbo y lo escabroso y en lo que todo vale para vender más una revista, o un periódico, y lograr mayores audiencias en un programa de radio o de televisión. El circo mediático que, así mismo, denuncia Juan Antonio Hernández en su nuevo artículo de El Chofre que también trata del regreso del torero de Galapagar y que aunque refiriéndose a los males que aquejan a la fiesta, puede ser extrapolable a lo que ocurre en otros ámbitos de la sociedad de este país donde, a pesar de haber ocurrido tantas cosas en los últimos años, parece que sigue manteniendo toda su vigencia, después de siete lustros, aquella sentencia de doña Ángeles Teresa en la que se refería a esa gente que, todavía hoy por hoy, continua teniendo muy pocos culos que arañar.


¿Gay, José Tomás? Ja, ja y ja.
Claro, Margo, y me parece muy bien que te despelotes de la risa. Pero lo que pretendo decir es que, independientemente de que de vez en cuando se tire a un tío o se pase a cuarenta gachís todas las semanas por la piltra, nos tiene que importar un carajo; de la misma forma que a todo Dios le debería importar lo mismo lo que hacemos a ese respecto tú o yo, por poner dos ejemplos.