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Parece que ha causado auténtica conmoción la noticia del fin de la relación apoderante-apoderado entre Morante de la Puebla y Rafael de Paula. A mí, ¿qué queréis que os diga?, siempre me ha dado igual quien apoderaba a los toreros, me la ha traído bastante al pairo, porque, en definitiva, el tipo del puro ya no suele ser el que torea y no he creído nunca en que un apoderado, por mucho que haya sido una gran figura, pueda convertir a nadie en un exquisito del arte de Cúchares, sobre todo, si ese alguien no tiene los mimbres adecuados. Ejemplos los hay a cientos y ahora me vienen a la memoria algunos casos de los que no vamos a citar nombres porque tampoco es cuestión de hacer sangre, ni provocar el sonrojo de nadie. Yo, lo que siento es que ya no podré ver más Rafael vestido de luces y, eso sí, me apena que no vaya a poder disfrutar de una temporada llevándose unos billetitos que le iban a venir como llovidos del cielo, porque en el mundo de los toros muchas veces hay injusticias y una de ellas es que el de Jerez tuviese que dar por terminada su carrera canino. De Morante no me preocuparía demasiado, porque llegará a donde tenga que llegar y no creo que vaya a tener demasiada influencia el que tenga, o no, el apoyo del maestro.

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Lo que sí me ha llamado poderosamente la atención es leer en algún medio afín al taurineo la siguiente explicación ambigua a este, para algunos, fatal desenlace: “Según varias fuentes, parece ser que en Madrid el pasado jueves con la corrida de Beneficencia y la corrida matinal del pasado sábado en Granada, donde en ambas existieron problemas con el ganado a lidiar, han podido causar malestar en el torero sevillano y ser detonante de la ruptura”. No queda claro si Morante echó en cara a Paula el haber dado su consentimiento, o haberle aconsejado la lidia de semejantes ejemplares en Las Ventas, algo que de antemano propiciaba el petardo que pegó en cinco de los seis toros que salieron al ruedo, o si Rafael era partidario de que la encerrona se llevase a cabo con otro tipo de astados y así se lo hizo saber a José Antonio después de la corrida. De lo de matineé granadina ni idea de quien fue la culpa, culpita. El que la víspera rechazasen los seis toros de Zalduendo y los sustituyesen por otros tantos de Gavira debió ser el motivo, pero no se me alcanza si es que el de La Puebla pretendía que, por la noche, el bueno de Paula se fuese hasta la ganadería anunciada en principio y trajese, pastoreando con su varita de mimbre, otros seis animalitos antes de que se iniciase el festejo. En fin, ellos sabrán, pero el caso es que sigo pensando que el apoderado no hace al torero, lo mismo que el hábito no hace al monje, aunque de esto último no estoy muy seguro después de leer el post de Javier, en Toro, torero y afición, en el que se hace eco de la carta protesta enviada por varios colectivos de profesionales taurinos al CAT de la Comunidad de Madrid quejándose por la forma de vestir de los chulos de toriles y banderillas en la plaza de la calle de Alcalá. Leer para creer.