SEGUNDAS PARTES NUNCA FUERON BUENAS
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Siguiendo el hilo del post anterior habrá que convenir que a lo largo de la historia de los toros, al menos en la que yo conozco un poco más, nunca o casi nunca segundas partes han resultado ser buenas. Han sido muchos los toreros que tras unos años sin ejercer su profesión han decidido volver a embutirse en el traje de luces y reaparecer en los ruedos, la mayoría de las veces, dijesen lo que dijesen, por dinero y porque su situación económica, bien por no haber tenido suerte en los negocios emprendidos o por haber sido demasiado manirrotos y haber dilapidado lo que en su día consiguieron, les obligaba a tener que desempeñar nuevamente el oficio en el que más seguros se encontraban y que en una época anterior les había resultado más o menos productivo.
Ha habido excepciones, por supuesto, aunque éstas cuando se han producido han tenido, así mismo, algún componente que de alguna forma diferenciaba en quien lo conseguía su primera etapa con el momento de su reaparición. Aseguran, los que le vieron, que Juan Belmonte toreó mejor en su vuelta a los ruedos que en su primera época, pero el retorno se produjo tras un profundo cambio en el reglamento que, tras instaurar el peto en los caballos de picar, propició que los toros llegasen más castigados a la muleta y, en consecuencia, que quizá fuera más fácil domeñarlos. Dicen también, los que fueron testigos de ello, que Domingo Ortega a principios de los cincuenta volvió para dictar magistrales lecciones de torería y acabar con el molde. Pero la vuelta del maestro de Borox llega en un momento en que, siguiendo la estela de la postguerra y la imposición de la máxima figura de aquel periodo, Manolete, los toros que se lidiaban no se hubiesen admitido en la actualidad ni como utreros en plazas de talanqueras.
Los casos de Rafael Ortega, a finales de los sesenta, Manolo Vázquez a principio de los ochenta y Antonio Chenel “Antoñete”, también en los primeros cincos lustros de esta década, guardaron entre sí ciertas concomitancias, sobre todo en lo que se refiere a e estos dos últimos, al hacer sus nuevas irrupciones en momentos en los que la pureza y el clasicismo brillaba por su ausencia y se iba quedando, casi arrinconado, como un lejano recuerdo en la memoria de algunos aficionados que en tiempos pasados pudieron disfrutarlos. Coincide también que en esos años en los que el sevillano y el madrileño deciden volver a vestirse de luces, el toro, ¡siempre el toro!, ha comenzado a decaer en su casta, y además ha perdido movilidad, lo que permite que unos toreros entrados en años pero poseedores de torería para dar y regalar y de unos conceptos tan claros como eternos de lo que es el arte de la tauromaquia, logren maravillar a un público, por un lado, aburrido de tanta mediocridad y tanta trampa, y a otro que ni tan siquiera había llegado a vislumbrar que se pudiesen hacer las cosas que ambos hicieron en la cara del toro.
Por el contrario, ni Antonio Bienvenida, ni Luis Miguel, ni Litri, ni tan siquiera Antonio Ordóñez, por citar figuras contrastadas, consiguieron en sus reapariciones crear la expectación que lograron concitar en sus primeros tiempos, ni satisfacer plenamente a sus partidarios que esperaban ilusionados y como santo advenimiento su nuevo paso por los ruedos. Tan sólo el primero y el último consiguieron algunas tardes reverdecer viejos laureles y parecerse algo a lo que habían sido. De las estrellas de los últimos tiempos, Ojeda, Espartaco, Dámaso González o Joselito de los que ya todos habéis tenido cumplidas referencias, ¿para qué comentar nada?, y del postrer y reciente episodio de Morante el tiempo se encargará de emitir su veredicto . Únicamente Roberto Domínguez, un torero que en sus principios hizo concebir grandes esperanzas y que deambuló durante mucho tiempo estancado con la etiqueta de torero artista, de los que siempre apuntaba y nunca disparaba, tras un año sabático volvió para, en principio, lidiar lo que nadie quería y luego, después de demostrar que podía con todo, dejar patente su clase y su torería y decir: ¡hasta luego!, cuando su cartel había adquirido la fuerza y la importancia que antes nunca tuvo.
Por éso no es para nada sorprendente lo que está sucediendo con Ortega Cano, víctima de su propio montaje, de no haber sabido medir su valor, sus fuerzas, ni su estado físico y de su papelón de desconsolado viudo de España, que no sólo no va, como en la mayoría de los casos, a poder ofrecer nada de lo que ya ha dado, sino que va a emborronar una trayectoria digna y a quedar en la memoria de muchos, aficionados o no, como un pobre payaso patético y, sobre todo, como alguien capaz de faltar al respeto, desprestigiar y denigrar a una profesión, para muchos muy seria, que le ha brindado lo poco o lo mucho que ha sido en su vida. Ahora, y aunque nada que ver tengan las circunstancias de ambos, queda por saber si otro que vuelve, José Tomás, hace bueno el título de este post o, por el contrario, pasa a engrosar las filas de los que fueron excepción y volvieron a cumplir con las expectativas que se habían depositado en ellos y a ilusionar nuevamente a los sufridos aficionados, no solamente por ver anunciado un nombre en los carteles, sino por lo realizado en las plazas de toros. Y cuando escribo de toros, quiero decir de ¡toros!.



socrates2005 dijo
A Ortega Cano le pierde sus ansias de figurar. Me popé con la comitiva real por los pasillos de las Ventas el día de la Beneficencia y ví al "viudo de España" guardar las espaldas del Rey más estirado que un junco, sin pestañear y como llevado en parigüelas a modo de santo de Semana Santa. Patético. Por eso creo que lo que ha pensado es que puede con las chotas humanizadas que salen por esos pueblos de Dios y así estar en la pomada del taurineo. Pobre hombre que no ha sabido administrar su torería.
12 Julio 2007 | 10:43