NOS MANDAN AL 7
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Podéis creer lo que os de la gana, pero seguro que intentan venderos una burra que no fue para tanto. No se agotó el papel y aunque los huecos estaban,
tal vez premeditadamente, colocados de forma estratégica hubo los suficientes como para a ojo de buen cubero decir sin demasiado riesgo a equivocarse que hubo un 90% del aforo completo. Los toros de Garcigrande y Domingo Hernández (encaste Domecq), terciaditos, los tres primeros tipo sardinilla, sin terminar de estar lo que se dice rematados, aunque tapándose, eso sí, por unas caras que fueron decorosas y con unos pitones astifinos que no se descompusieron a lo largo de la lidia. Los tres últimos algo más hechos y correctos de trapío. Escasos de fuerza, alguno inválido como el primero que se acostó a mitad de faena, el cuarto fue devuelto a los corrales y, simbólicamente, le fueron retirados todos los puntos del carné d
e conducir por irrumpir en el ruedo en un manifiesto estado de intoxicación etílica o psicotrópica y algún otro se libró porque se le dio el beneficio de la duda de si estaba en el límite. Se les dosificó el castigo hasta el punto de que hubo varios que fueron amnistiados por su cara bonita y aunque alguno se permitió el lujo de romanear, e incluso meter los riñones, en general lo hicieron por un solo pitón y por lo expuesto anteriormente sin casi haber notado el hierro. Tuvieron, excepto el tullido primero, su puntito picante y de casta y, mientras no optaron por defenderse dada su blandura, una embestida noble, dulce, tontorrona, pastueña y sin complicaciones.
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Finito de Sabadell, tramposo, ventajista, desganado, tuvo excusa con el primero, que no se tenía en pie, para tirarse su consabido pegolete. En el cuarto, una borreguilla carretona, se eternizó en un rosario de mantazos echándose el toro
para afuera después de citar sistemáticamente fuera de cacho y meterle el pico, la pala y, a veces, intentar ponerle algún barreno, en una labor que más bien pareció una oposición en toda regla para aspirar a un puesto de minero, o un subliminal homenaje a un grande de la copla: don Antonio Molina. José Tomás, que por lo visto, leído y comentado, se ha encontrado con lo más parecido a unos toros desde su regreso a los ruedos, ha estado como esperábamos, seguramente, todos. Sus incondicionales, que trataron de
sacarlo a saludar tras romper el paseíllo sin encontrar demasiado eco y viendo en dos ocasiones frustrados sus intentos, dirán que ha pisado terrenos inverosímiles, que ha estado muy valiente y que ha cumplido el guión por ellos esperado. Los que vimos torear a José en su primera época tendremos que decir que le hemos encontrado torpón y con los mismos defectos que le echamos en cara en lo que fueron sus últimas temporadas. Con más ganas, cierto, menos apático, posiblemente, pero sin decidirse a pisar ese sitio desde donde se traen los toros toreados, sin encontrar ni buscar la distancia para enganchar al burel por delante y, mucho menos, para llevarlo toreado y arrematarlo atrás, como solía. Pases enganchados, series carentes de li
mpieza y excesivo verticalismo envarado que, además, nunca puede llegar a emocionar en demasía si se hace con esta clase de animales enfrente. El Cid realizó lo más parecido al toreo que se dio en la tarde, sobre todo en el sexto. En el tercero hubo de realizar una labor de enfermero, de esas en las que Ponce ha logrado un indiscutible magisterio, y sin estar perfecto ni en la colocación, ni en la distancia, si logró algunos muletazos de buen trazo con el handicap de no poder bajar la mano al debilucho astado. En el último, con algo más de fuerza, administró bien los tiempos de faena y dándole el reposo suficiente, bien colocado y, ahora sí, en la distancia justa, sacó los muletazos de más calidad y más largos de la tarde, enganchados delante y rematados hacia adentro y detrás de la cadera. Lástima que, una vez más, las condiciones del toro no le permitieran someterlo un poquito y tratar de llevar la embestida por debajo de la pala del pitón.
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Lo demás, lo que os cuenten. Ya se sabe, opiniones para todos los gustos, botellas medio llenas y medio vacías, partidarios, detractores, nada que no se sepa y que sea ya extraño en una corrida de toros. Aficionados, pocos; público, bastante; y dentro de ese público el que acude al acontecimiento de la feria local o viene de otras latitudes para ser testigo de una de las corridas del siglo de la temporada. Algunos, para que no falte de nada, histéricos, viscerales, faltones, como un tipejo con pinta de estar presenciando la primera o segunda corrida de su vida que se encaró con Tony, por haberle llamado sinvergüenza al pegapases catalán q
ue siguió chuléscamente destoreando tras escuchar un aviso antes de entrar a matar. Tenía cara, el gárrulo chillón, de jugador de laucos y de robarle los potitos a su hijo -adoptivo o inseminado artificialmente, claro, porque semejante mindundi baboso sospecho que es absolutamente incapaz de procrear de motu propio o por medios naturales- y todo su empeño era repetir como incansable muletilla que nos fuéramos al 7. Nada del otro jueves, como tampoco lo es la falta de criterio de la plaza de Illumbe que hoy, una vez más, ha concedido cinco orejas y una Puerta Grande, excesivo premio para lo que han hecho los toreros, y más, teniendo en cuenta lo que había delante.
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Fotos: Juan Antonio Hernández. Galería completa en El Chofre.


Pedro García Macías dijo
Gracias...si no fuera por Toni y tú desde Illumbe y Agustín desde la Malagueta, pensaría cualquiera que la Semana Grande y la Feria de Málaga están siendo el no va más y así es pero... de la tomadura de pelo al máximo nivel. Un abrazo
Pgmacias
17 Agosto 2007 | 10:52 AM