EL SÁBADO VIMOS TOREAR
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Una corrida de Jandilla (encaste Domecq), de la que no nos duelen prendas al decir que estuvo bien presentada y tuvo un comportamiento variado, siendo en general manejable para los toreros, pero que atesoró ese punto de casta que tanto se suele echar en falta en la actual cabaña brava, lo que hizo que muchos de sus toros se viniesen arriba en la muleta y presentasen, al menos, algunas dificultades a sus lidiadores que tuvieron que estar firmes con ellos, fue lo que salió el penúltimo día de la Semana Grande en el coso donostiarra de Illumbe. Quizá nos conformamos con poco, pero es cierto que los toros del hierro de la estrella no fueron las típicas tontas del bote, los carretones que vienen y que van, a los que estamos acostumbrados a ver cada vez que se anuncian figuras con ganado de encaste bodeguero. Sin ser un dechado de bravura, porque bravos no fueron, sí propiciaron el que hubiese a lo largo de la tarde esa chispa de interés por lo que acontecía en el ruedo, algo que, en parte, se parece a la emoción que debe estar presente en todas las corridas de toros y que te lleva a valorar más lo que los toreros son capaz de hacer delante de esos astados.
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El maestro César Rincón se despedía de la afición guipuzcoana. Los años no perdonan y aunque el colombiano, en algunos momentos, nos hizo recordar aquell
as formas de citar en la colocación y en la distancia, y el sentido del temple que le valió para ser considerado el diestro más completo que vino jamás de allende el Atlántico, estuvo rebasado en ambos toros. El primero, tuvo un ligero gazapeo que impidió que se pudiese colocar como a Rincón le gusta, mientras que el segundo tenía más patas que las que a estas alturas necesita el bogatono para poder llegar a confiarse. El Juli, con el boyante segundo, hizo lo mejor de la tarde.
Irreprochable en cuanto a colocación, supo enganchar al toro por delante, bajarle la mano, cargar la suerte y despedirlo detrás de la cadera, para dejándole la muleta puesta ligar el siguiente pase. Hubo tandas, por ambos pitones, largas y templadas, ante un astado al que había que llevar muy tapadito y que sin ser, ni mucho menos, un barrabás sabía muy bien lo que se dejaba atrás. Erró con la espada y no hubo premio, aunque éste llegó en el quinto con un morlaco que se acabó pronto, y en el que tras un inicio de faena con los mismos conceptos que la anterior hubo de acortar la distancia y terminarla en el típico arrimón, metido entre los pitones del toro, nunca al hilo, dejándose ver, algo que, ya se sabe, suele llegar al ánimo de público.
Antonio Barrera, que toreó con mucho gusto en el recibo de capote a sus dos toros, hizo una faena honrada al tercero de la tarde, un bicho que también tenía bastante que torear y que no consentía dudas, ni dubitaciones. Firme de planta, el sevillano citó en el sitio y engendró bien los muletazos, aunque haya que ponerle el pero que algunos los remató sacándose al toro para fuera. Cortó una oreja, pedida mayoritariamente, y
dejó expectativas de triunfo sonado para el que cerró plaza, en el que, estando valiente, no consiguió que la faena tomase los vuelos que había tomado en el tercero. Horrible con la espada, todo quedó finalmente en una fuerte ovación de despedida. No fue demasiado, es verdad, pero al menos salimos de la plaza, que se cubrió en un tercio de su aforo, con la sensación de que aquello se pareció bastante a lo que uno entiende por lo que debe ser una corrida de toros. El que no se consuela es porque no quiere, aunque la mayoría de las veces suela ser porque tampoco puede.

