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Si lo realizado el pasado sábado por Manuel Jesús “El Cid” en la plaza de Vista Alegre de Bilbao no fue una gesta a fe que se le parece bastante. No tuve la suerte de poder vivir la tarde en la que el diestro de Salteras firmó, en la cenicienta arena del coso bilbaíno, una de las páginas más importantes que se han escrito en las últimas temporadas taurinas, pero si he podido contrastar opiniones fiables y ajenas a cualquier tipo de partidismo, subjetividad, tendencia, predisposición interesada, fanatismo histérico o cualquier otra circunstancia similar, tan en boga en los últimos tiempos, como para hacerme una idea de lo sucedido y maldecir mi indecisión, que me tuvo el sábado 25 hasta primeras horas de la tarde sumido en la duda de si pillar o no un autobús y plantarme en El Bocho.
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Gesta por muchos motivos, porque un torero de la talla y el prestigio de “El Cid” ocupando el lugar que ocupa en el escalafón, por méritos propios, y habiendo demostrado a lo largo de su carrera no haber hecho ascos a ganaderías a las que la mayoría de las figuras, figurillas y figurines no quieren ni ver en pintura, no tenía ninguna necesidad de encerrarse en solitario con seis Victorinos en un coso en el que, para empezar, la presencia y la integridad del ganado es fundamental y una exigencia sine qua non para que lo que allí se celebre se considere como una corrida de toros. Gesta, así mismo, por hacerlo a unas alturas de la temporada donde la mayoría de sus compañeros ya van pisando menos el acelerador, incluso algunos ya han echado el freno de mano, y cuando parece que el esfuerzo debe ser más fatigoso que en otros momentos, a principio de campaña que se está más fresco, o al final de la misma cuando el descanso de cuerpo y de mente se encuentra a la vuelta de la esquina. Y gesta, al fin, por haber vuelto a demostrar que lo que realmente puede llegar a emocionar al auténtico aficionado es el toreo de siempre, practicado con verdad, sin alharacas, sin concesiones a la galería. El toreo fundamental realizado a un toro con casta, que pide los papeles y que no va a consentir que se le dude, se le hagan las cosas mal y, mucho menos, bufonadas propias del toreo cómico de principios del siglo pasado.
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Sin montajes mediáticos, sin acompañarse de un séquito de pijos y snobs que incluyen en la entrada noches de cuatro o cinco estrellas y comidas o cenas en templos locales de la restauración, sin forofos exaltados más propios de un encuentro de fútbol, ni ignorantes e ingenuos proclives al pedo místico y a tragarse los cuentos que quieran contarles unos hábiles y avispados engañabobos, llegó El Cid a Bilbao y explicó, a todos los que quisieron entenderle, que la fiesta puede tener vida si se dan cita en un ruedo los principios básicos y eternos que han propiciado que haya perdurado en el tiempo hasta nuestros días: un toro en su integridad, que emocione, y un torero que salga a jugársela ante él sin trucos, ni trampas y ventajas. Sobriamente, con la sencillez que da la seguridad de saber lo que uno es y lo que quiere ser, y de tener claro como conseguirlo a nada que lo que se tenga delante te responda, dio Manuel una lección que, en opinión de algunos, pudo ser más brillante, pero que el aficionado tiene que valorar en su justa medida porque le debe hacer concebir la esperanza que, mientras haya gente como el de Salteras, no todo está perdido y se vislumbra un resquicio de luz al final del negro túnel de la fiesta. Lo demás ya se sabe, la noticia a través de la prensa especializada y los blogs ha llegado a los que, de verdad, estamos interesados por el tema. El resto ni enterarse, porque las portadas de periódicos y revistas y las caretas de los telediarios no suelen ocuparse de estas menudencias, salvo para sacar a un torpe al que le ponen en órbita tarde tras tarde, y hecho un ecce homo, las borregas idiotas a las que se enfrenta, o la ya típica y tradicional cogida que sufre, situándole a las puertas de la muerte, cada vez que reaparece el maniquí de Armani.
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Fotografías: Maurice Berho.


Siento que te perdieras la tarde del sábado en Bilbao porque para un servidor es lo más grande que he visto en una plaza de toros, entre otras cosas porque todo lo que allí vi, fue de verdad, sin trampas ni cartón, para padalearlo... me quedo sin palabras.
Un fuerte abrazo