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No sé si cinco días sin postear son pocos o muchos. Supongo que depende de lo que tengas que decir o de lo que te quieras callar. Y la verdad es que últimamente ha habido, seguramente, bastante más de lo segundo que de lo primero. Hay veces que es mejor que las cosas vayan por sí solas volviendo a su cauce y vale más morderse la lengua o darle vacaciones al teclado que seguir la corriente y escribir por escribir, sobre todo cuando ya poco más se puede añadir a lo anteriormente dicho o vas a repetir más de lo mismo en los asuntos que van surgiendo cuando éstos aparentemente son nuevos, o así lo parecen, pero en el fondo son viejísimos o variaciones sobre el mismo tema. El incidir sobre ellos no deja de ser más que dar vueltas sobre un círculo vicioso que a nada conduce y que muchas veces, mientras no se tenga la suficiente lucidez para la reflexión fría y desapasionada, para lo único que sirve es para seguir calentándote la cabeza, comerte el coco y mirarte el ombligo.

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Podía haber dedicado algún post, por ejemplo, a las declaraciones de Tomás en México en las que el de Galapagar ha dicho sobre su colega Enrique Ponce algunas cosas que muchos pensamos desde hace largo tiempo. Pero nos hubiese gustado más que esas mismas declaraciones se hubiesen producido hace diez años o que las hubiese efectuado si en esta temporada de su reaparición se hubiese enfrentado con el toro de verdad en plazas de importancia y hubiese hecho el toreo que nos deslumbró en su primera época. Así, como que no tienen excesiva credibilidad y suenan más a montaje para la campaña americana, suma y sigue del organizado en España con motivo de su advenimiento. Tampoco merece mucho la pena decir demasiado sobre el más reciente acontecimiento protagonizado por los Gutiérrez en Alba de Tormes. Si ya de antemano nadie con dos dedos de frente podía dudar que aquello olía a circo, no es de extrañar en exceso que éste se haya llevado hasta las últimas consecuencias, con indulto antirreglamentario incluido, ante seis sucedáneos de toros inválidos, chicos y desmochados, en un acto más de escarnio para la fiesta organizado a mayor gloria de un pobre incompetente al que su progenitor sigue empeñado en relanzarle una carrera que, seguramente, tuvo su fin en su propio principio.

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Así mismo se podía haber escrito sobre la nueva ley del Gobierno Vasco que limita la entrada a los espectáculos taurinos a los menores de 16 años. Algo que se veía venir y que llega, por desgracia, en un momento de debilidad de la fiesta lo que, mucho me temo, al no tener prácticamente contestación a nivel popular va a convertirse en algo irreversible y en una puñalada trapera más que reciba ésta de manos de unos políticos que hace tiempo estaban esperando el momento oportuno para asestársela y han comprendido que había llegado la hora. Políticos que en otros lugares, y en otro orden de cosas, se arrogaron competencias que no les pertenecían y jugaron a parecer Jefes de Estado o Presidentes de Gobierno en su afán de seguir utilizando unos símbolos que, en principio, deberían ser de todos, y que cada vez son más de unos pocos, para su propio beneficio en un desesperado intento de acaparar unos votos que les van a faltar en marzo del próximo año por su manifiesta incompetencia a la hora de realizar una oposición que han conseguido convertir en la más deleznable y desleal de todas las que ha habido desde que retornó la democracia. Las palabras de Mayor Oreja y su particular visión sobre el franquismo hubiesen merecido también algún post exclusivo de no ser porque por estas latitudes se conocen de sobra sus orígenes y sus antecedentes políticos y a nadie pueden sorprender unas declaraciones que, por otra parte, están en consonancia con el pensamiento de la mayoría de sus conmiltones. De todo ésto y algunas cosas más se podía haber escrito largo y tendido, pero la verdad es que antes de ponerse a ello la pregunta siempre ha sido la misma. ¿En serio, merece la pena?.