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Su voz rotunda, a veces tronante, se ha apagado para siempre. Su figura desgarbada, a pesar de que como le recomendaba su abuela siempre conservó la buena planta, ya no llenará las pantallas ni los escenarios. Aquel pelirrojo que descubriera recién acabada la guerra del 36 uno de los más geniales dramaturgos españoles, Enrique Jardiel Poncela, se ha marchado casi en silencio, como sin querer hacer ruido, pasando desapercibido. Él, que a lo largo de su vida, como la mayoría de los hombres especiales, con su sólo presencia concitaba atenciones y despertaba interés hiciese lo que hiciese, dijese lo que dijese, nos dejaba ayer por la tarde, cuando muy poca gente –sólo sus íntimos- sabían que llevaba casi dos meses debatiéndose entre la vida y la muerte en el área de oncología de La Paz.

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Fernando Fernán Gómez, actor, director de cine y de teatro, escritor, Académico de la lengua, Premio Príncipe de Asturias a las Artes Escénicas, Premio Nacional de Cine, Premio Nacional de Teatro, Medalla de oro de la Academia de Cine, con cinco Goyas en su haber, hacía su último mutis por el foro, esta vez sin aplausos, ni atronadoras ovaciones y sin poder salir parsimoniosamente a recogerlas. En su larga trayectoria como actor desde que Jardiel lo hiciera su actor fetiche –en el estreno de Eloisa está debajo de un almendro llegó a interpretar con distintas caracterizaciones a tres personajes diferentes- quizá lo más significativo fue su extraordinario ductilidad. Tras unos principios en los que su figura fue indispensable dentro de la comedia, con el paso del tiempo su capacidad interpretativa hizo que de la mano de directores como Saura o Erice se convirtiese en uno de los más importantes actores dramáticos de los últimos tiempos.

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Sería prolijo y necesitaríamos varios posts para glosar la carrera de Fernán Gómez sin dejar nada en el teclado. Hombre comprometido con su tiempo, luchó siempre a través de su obra literaria, ácida, mordaz a veces, impregnada de un sentido del humor en el que buscaba las claves para combatir al sistema, contra un modelo de sociedad que consideró injusto. Cercano a la acracia, sin embargo, nunca quiso autodefinirse como libertario, tal vez porque eran palabras por las que sentía un profundo respeto. Su aparente carácter huraño y sus célebres explosiones de mal humor fueron, posiblemente en cierta medida, una coraza tras la que trataba de ocultar un corazón tierno y un alma sensible que no se correspondía con su imagen pública. Se ha ido uno de los grandes, un intelectual con mayúsculas que dignificó una profesión –la de cómico- y que deja un vacío imposible de rellenar en el panorama cultural de este país. ¡Descansa en paz, viejo cascarrabias!.