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Hay que ver las cosas que pasan. Tras una gloriosa temporada española en la que los triunfos sonados se sucedieron en todas las plazas importantes donde actuó, tras haber sido elemento básico e indispensable en los carteles de la mayoría de las ferias más prestigiosas del país y después de haber protagonizado a finales de la presente campaña uno de los acontecimientos taurinos más relevantes de los últimos tiempos en el que quiso estar junto a él en el ruedo su mismísimo padre, Periquito Capea se fue a refrendar al otro lado del charco las impresiones dejadas en la península ibérica y en la vecina Francia. Y, claro, ahora hablando en serio, pasó lo que tenía que pasar. El domingo en Insurgentes pegó dos sonoros petardos, dos, que imagino se habrán escapado de su entendimiento y del de su ilustre progenitor, dado el concepto que tienen ambos de las cosas. Porque si petardo fue el resultado artístico de su actuación, no menos lo fue el ridículo poder de convocatoria del que hizo gala este torerín, al que a la fuerza se empeñan en hacer llegar a algo en una profesión para la que no está dotado, que apenas congregó a 5.000 personas en la plaza de mayor cabida del mundo con un aforo de 50.000.

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Así que al llegarnos la noticia de que se había producido un incendio en el hotel en el que se alojaba con toda su trouppe durante su estancia en la capital mexicana, uno piensa si el siniestro no habrá sido consecuencia del cabreo que pudieron llegar a pillarse los que pagaron por ver sus evoluciones en el albero el día anterior. Eso siendo bien pensado, porque sé que más de uno ya anda especulando de si, en vista del éxito, no habrá sido un montaje para concitar una atención que, evidentemente, no se ve correspondida por lo que realiza en los ruedos. Puestos a especular cada uno es muy libre de hacer lo que le dé la gana y teniendo en cuenta que un montaje ha sido toda su carrera, lo mismo que lo fue la reciente pantomima de Alba de Tormes, tampoco extraña tanto que haya podido haber algún malévolo que se lo haya barruntado. Total, que a punto hemos estado de tener un remake de “El Coloso en llamas” en versión familia Gutiérrez, aunque por fortuna el suceso no tomó la misma magnitud que en la famosa película. Cierto que ni El Niño de la Capea ni El nene del Niño son, precisamente, Steve McQueen y Paul Newman, pero el caso es que Periquín, con incendio o sin él, ha salido de la capital azteca bastante más quemado de lo que ya estaba.
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Nota: Como veis, en esta ocasión, no ha sido necesario perder el tiempo poniendo ninguna apostilla en las fotos de Capeita en Insurgentes; son absolutamente elocuentes y hablan por sí mismas. ¿Será que no llegaron a un acuerdo económico con el fotógrafo o que el pobre hombre que estaba detrás del objetivo, pese a desesperarse a lo largo de toda la tarde, no pudo conseguir otra cosa?.